Gina: Mi recuerdo

Gina vivió intensamente cada momento de su vida. Al menos, desde que la conocí, percibí esa inocencia feliz con la que hacia de cada pequeña acción algo gratificante y hermoso. La vi con su raqueta jugando tenis sin especial talento, pero con la ilusión de los olímpicos. Camine con ella junto a la orilla de un hermoso lago, hacienda de aquella tarde en la que jugamos a lanzarnos una pelota con su hijo y sobrino un regalo del cielo. La recuerdo, guitarra en mano, solos su sobrino, ella y yo, al amanecer, cantándole las mañanitas en su cumpleaños. Una tarde a la orilla del mar, escribir un poema, tomar un curso de pintura, y Gina era feliz. Si para describirla pudiera seleccionar un par de adjetivos, yo diría que Gina era toda sencillez y ternura. Se reía suave, tímidamente, pero con un brillo especial en sus ojos. Tenía un fino sentido del humor. Como cuando la sorprendió el veterinario preguntándole el nombre de su gata para el expediente clínico del animalito y le respondió, “Gata Holguin…”

Gina Holguin
With Hilda Rodriguez from Cuba

Gina se expresaba en silencios. Pero cuando hablaba era cálida, y humana. La recuerdo un día, entre muchos que compartíamos en el comedor del CIB, en el que notó mi semblante triste: “Aquí tienes un oído”, me dijo bajito, mirándome fijo.….y lo tuve.

La había conocido en Waterloo, Canadá, cuando fui a por una estancia corta en el laboratorio de Bernie, donde ella trabajaba en su doctorado. Me acogió por varios días en su casa, y allí, bajo el pálido sol de Julio y sobre la calidez de su sonrisa, sembramos una linda amistad. Pocos años mas tarde, cuando me encontraba de nuevo fuera de Cuba, hacienda una colaboración científica en el CIB (inolvidable experiencia en mi vida) recibí con una enorme alegría la noticia de que Gina regresaba a México. Le pregunte que pensaba de su decisión. “Siento que he vuelto a casa”, dijo. Allí, nuestra amistad se fue fortaleciendo día a día, en el casi diario contacto dentro del laboratorio, y en los ratos libres que compartíamos, muchas veces con nuestros cercanos y comunes amigos, Luz y Yoav. Cenas, visitas, paseos, cafés…..y palabras con el alma abierta y agradecida. No olvido el día en que encontrándome enferma, tuve que ir al hospital y al enterarse, fue directo a mi casa para saber de mí, para brindarme el apoyo que la lejanía de mi familia me escamoteaba.

Recién había encontrado Gina de nuevo el amor, fue feliz mientras duro, y lo perdió quizás cuando mas lo necesitaba. La ultima vez, el reencuentro fue de nuevo en las frías tierras de Ontario. Una visita fugaz de un par de días cuando yo me encontraba, casualmente, trabajando con el Dr. Glick. De ahí guardo sus últimas imágenes. Luego, la letra esporádica pero constante nos mantuvo unidas.

La enfermedad se ensañó con ella. “Me dio otra vez, no me lo puedo creer”, me escribió. Esta vez no pudo ganar, y la fuimos perdiendo. Ella, que miraba la luz en la ventana y sonreía, que veía un pájaro en un árbol y se acercaba lenta, como niña, a mirarlo. Que se entregaba a su trabajo con el mismo amor y fantasía que a sus poemas intrincados y sueltos. La vida fue injusta, la muerte pretensiosa. Pero Gina Holguin es un cálido y especial recuerdo refugiado por siempre en el corazón de todos los que tuvimos el privilegio de su amistad y afecto.

Hilda Rodríguez
Miami, USA
Diciembre 2009

Donna Penrose bashan foundation